Iba manejando hacia Lacroze, cuando al pasar la esquina de Céspedes la vio. En ese momento no pudo frenar porque estaba apurado; eran casi las siete y el colectivo de atrás no lo dejaba aminorar.
Después, el tránsito y el recuerdo del trabajo de ese día le hicieron olvidarla. Recién a la noche, cuando estaba sirviéndose el café en la diminuta cocina, la recordó otra vez.
El estaba seguro de que nunca la había visto, pero a pesar de esa certeza la casa estaba allí cuando pasó y ahora recordaba perfectamente el balconcito curvo y la puerta iluminada detrás.
A Ernesto le gustaba coleccionar casas. Así llamaba él a su manía de observar las cuadras de algunos barrios, en especial las de Belgrano R y Colegiales para luego recordarlas.
Cuando tenía algún rato libre prescindía del auto y salía caminar, mirando todas las casas que encontraba en el camino. De algunas atesoraba el techo de tejas francesas, de otras un portón de hierro, una verja de madera o una simple ventana, pero de esas que le permitían vislumbrar un interior lleno de plantas y muebles antiguos.
Sabía perfectamente en que calle estaba cada una y también su exacta ubicación dentro de la cuadra. Por eso, advertía inmediatamente cuando ocurría un cambio en alguna de sus calles preferidas. Si aparecía algún cartel de venta seguía la historia de la casa hasta ver si era demolida o reformada por sus nuevos dueños y si era necesario, volvía a pasar por allí durante días e incluso meses hasta que lograba incorporar en su mente la nueva imagen de la cuadra.
Esta manía o distracción, había comenzado años atrás, a los pocos meses de su casamiento con Adela. Como nunca les alcanzaba el dinero para ir al cine, los sábados por la tarde salían a caminar y siempre elegían barrios con muchas casas bajas para poder imaginar como sería la de ellos cuando cambiaran el departamento.
Más tarde se habían separado y el departamento de dos ambientes se convirtió en dos de uno, mientras ellos también se esforzaban por volver a ser uno. Sería por eso tal vez, porque esos veinticinco metros cuadrados lo aprisionaban o porque al principio no podía olvidar su vida con Adela, él había continuado con los paseos. Pero si cuando paseaban juntos iban siempre a un barrio diferente y lo que les gustaba era esa aventura de tomar un colectivo cualquiera y bajarse también en cualquier parte para comenzar a caminar observando las casas sin importarles donde estaban ubicadas, a él solo le atraía un radio determinado y necesitaba saber en que calle estaba cada casa.
Su departamento lo había comprado sobre Lacroze, muy cerca de la estación de Colegiales, pero para salir a ver casas solo caminaba por las calles que lo llevaban a la estación siguiente, la de Belgrano R y jamás cruzaba las vías hacia Cabildo. Cuando llegaba a Belgrano una de sus preferidas era Melián y siempre la recorría admirando cada detalle de las casas pero sin mirar siquiera los edificios altos, que le parecían irreverentes al quebrar esa paz lánguida lograda por las copas de los árboles que el veía unirse allá arriba y que no le dejaban ver el cielo. Ese cielo que para él era preferible imaginar como imaginaba que algún día tendría una de esas casas que él coleccionaba. Precisamente por ese conocimiento que Ernesto tenía de cada una de las calles, estaba inquieto esa noche, cuando recordaba esa casa que había visto fugazmente, una casa en la que nunca había reparado.
Al día siguiente casi se olvidó de ella y del balcón, porque fue a visitar clientes en el barrio de Floresta y volvió tarde, pero el domingo se levantó temprano y salió a caminar. Más tranquilo, se dirigió al lugar, convencido de poder develar el misterio: seguramente era una de las casas que ya conocía, pero le habrían arreglado el frente sin que el lo advirtiera.
Cuando llegó a la mitad de la cuadra pudo confirmarlo: la casa no estaba. El había creído verla pero no estaba. Luego del paredón de un taller había solo dos casas, una con frente de ladrillos y junto a esa la otra, recubierta de piedra gris, y ninguna de ellas le gustaba. Tampoco se asemejaban a la casa blanca con balcón de hierro que estaba casi seguro de haber visto.
Al llegar a la esquina y antes de doblar hacia Lacroze, volvió la cabeza, "como respondiendo a un llamado", pensaría más tarde y entonces pudo verla otra vez como la había visto aquella tarde.
Estaba exactamente entre esas dos únicas casas de la cuadra. Al verla nuevamente y de mañana, la sintió más cálida y menos misteriosa que la primera vez.
Ernesto creyó que se estaba volviendo loco "quizá esto de estar tanto tiempo solo", pensó y volvió sobre sus pasos , para confirmar que así era: la casa no estaba. Si caminaba por Céspedes la casa no estaba. Recorrió una y otra vez esos metros hasta la esquina y realmente, entre las dos casas no había ninguna otra, pero si se paraba en la esquina, casi al borde del cordón, la veía perfectamente: en el pequeño jardín había un árbol de hojas grandes, un rosal y varias plantas en macetas colgaban del balcón que era, efectivamente, curvo.
En la planta baja, otra ventana con cortinas que aparentaban ser muy gruesas, le hizo imaginar que detrás había un cuarto amplio, tal vez una gran sala muy soleada.
Sabía muy poco de estilos, pero desde que se dedicaba a esa particular manera de coleccionar se había interesado bastante y algunas veces se compraba revistas, para aprender algo. Sin embargo como las que a él le gustaban eran casas algo antiguas, fue muy poco lo que pudo encontrar en esas revistas de decoración. De todos modos, preguntando o leyendo en algún diario había logrado diferenciar el Tudor del Normando. Trató, entonces de hallarle algún estilo a esa casa, de darle algún nombre, pero no puedo hacerlo. Concluyó el dilema pensando que era una casa que no se parecía a ninguna otra.
Si en algún momento él había temido estar loco, una vez que confirmó la extraña manera de existir que tenía la casa, sintió una gran tranquilidad, pero al mismo tiempo comenzó a cambiar de hábitos.
El trabajo de vendedor de repuestos que siempre había detestado, fue descuidado paulatinamente, pues a cada momento del día necesitaba volver a la casa para verla. Además empezó a pensar en la casa como si fuera suya. En realidad, lo que Ernesto sintió y así se lo explicaba a sí mismo, era la "sensación" de poseer la casa, un sentido de plenitud momentánea, que lo asaltaba de a ratos.
El nunca había vivido como suya a ninguna de sus casas. Había quedado huérfano cuando era muy chico y la casa de su tía Celia para Ernesto fue siempre eso, "la casa de mi tía", donde nunca se atrevió a colgar un póster o dejar alguna media tirada.
Después había vivido en pensiones o cuartos alquilados. "Busco cuarto en casa de familia" ponía en los cartelitos. Pensando que esos cuartos serían más suyos que los de las pensiones. Pero en general era todo lo contrario. Ninguna familia llegó a considerarlo parte de la casa o a permitirle que él se sintiera dueño de algo.
El departamento que compró con Adela también fue una de tantas frustraciones. Lo habían comprado en construcción y después de pasarse todo el noviazgo pagando las cuotas, cuando lo recibieron, un mes antes de casarse, se dieron cuenta de que no se parecía en nada al que les habían vendido, dibujado en los planos y en los folletos. Ni siquiera estaba ese árbol frente a la entrada, que se veía tan real en la perspectiva.
Cuando fue a ver departamentos al separarse no tuvo otra solución que optar por el de Lacroze por el precio, pero siempre recordaba que al verlo por primera vez pensó: "parece un corsé".
Y de pronto, esa casa, a la cual no podía mirar nunca de frente, ni acercarse a la puerta para entrar, esa casa que creía habitada, era suya. Suya porque él sabía que nadie más podía verla; solo él, y desde ese solo ángulo.
Al mes, Ernesto ya había abandonado completamente las visitas a los clientes y de tanto pararse en la esquina de Céspedes, podía describir la atmósfera que rodeaba la casa según las diferentes horas del día y como se veía distinta con sol a pleno o con cielo algo nublado.
Nunca había visto a nadie salir o entrar y el pasto del jardín parecía estar detenido en su crecimiento porque tampoco pudo descubrir quien lo cortaba.
La última mañana, se paró como siempre en el lugar exacto y miró hacia el balcón. Una fría línea de miedo recorrió su espalda: una persona, un hombre, inclinado sobre las plantas las regaba ensimismado. Mientras trataba de registrar esta presencia dentro de su imagen de la casa, el hombre del balcón lo miró y él pudo reconocerlo. Ernesto sintió entonces que el miedo se descolgaba de sus hombros y se irguió para poder verse mejor, allá arriba entre sus plantas y continúo regándolas. Finalmente la casa le había permitido poseerla.
María Marta Guzzetti
