sábado, 16 de enero de 2010

Estar de paso

A mi no me gustaba jugar a los indios. Y menos hacer la parte de indio.
Hoy no sé porque me acordé de eso. El autobús venía lleno. Yo siempre me entretengo tratando de adivinar de donde son los que hablan español. A los ecuatorianos los reconozco en seguida. Aunque a veces me equivoco. Cada vez somos más los latinoamericanos, creo que les ganamos a los africanos. En cantidad claro, no en otra cosa. Y ahora que pienso en eso, en ganar, me acuerdo de que no me gustaba jugar a los indios porque siempre tenían que perder. En las películas era así, siempre perdían y ganaban los cowboys. Y cuando jugábamos nosotros, también los indios tenían que perder. Los que hacían de cowboy los dejaban tirar flechas por un rato pero después los agarraban, les sacaban el arco, los ataban a un árbol y se terminaba el juego.
Como será lo de nuestra mayoría en el autobús que anoche cuando estaba sirviendo una pizza escuché que la señora que me la había pedido, le decía al marido:
—“Oggi io ero l’unica italiana sul autobus”.
Y en realidad no era verdad. Ella no era la única italiana que viajaba en el autobús, porque yo estaba también allí y yo soy medio italiano. Mi abuelo se había ido de Italia y mi viejo nació allá, en la Patagonia, pero yo un poco de sangre italiana tengo. A mi abuelo le decían que hablaba cocoliche, porque nunca aprendió el castellano bien y yo con los años que llevo aquí, no sé si aprenderé a hablar el italiano. Siempre se me mezcla con el castellano. Será un destino ese, como el de tener que irse de un lado al otro. Yo tengo la ciudadanía, pero no me sirve de nada. Ellos dicen que soy “italiano nato al estero”. Nacido en el exterior. Nacido afuera.
Quien dictará que es el afuera o el adentro.
Ayer también en el autobús escuché otra conversación, eran dos mujeres que trabajaban en el comedor de un colegio. Se quejaban de que los chicos latinoamericanos no querían comer pasta, preferían el arroz. Y entonces ellas pensaban que despreciaban la comida. Tenía unas ganas de contarles que esos chicos seguramente habían crecido comiendo arroz, que en muchos países el arroz es una comida básica, como para ellas la pasta. Que esos chicos querían arroz porque hay cosas que son parte de uno. Como para mí el mate. Claro que el café será mejor para algunos, pero cuando me siento muy solo me cebo unos mates amargos y sentir la bombilla tibia en los labios me recuerda cosas, imagino besos , palabras pronunciadas lentamente ,que se yo.
A veces me gustaría hablar con alguno de ellos, de los otros latinoamericanos, pero me retengo, ellos cuando me ven piensan que soy italiano, por lo rubio y por mis ojos claros, pero yo soy mestizo. Mi abuelo era italiano pero se casó con una criolla. Me hubiera gustado tener una foto de mi abuela para mostrarles su cara hermosa y morena. Pero no traje nada, ninguna foto. No quise tener recuerdos. Cuando vine aquí fue para empezar de nuevo. Y a veces pienso que en lugar de empezar estoy como parado en un lugar de paso.
Lo peor es que no sé para qué lado tengo que rumbear cuando me decida a salir de donde estoy.
María Marta Guzzetti (2003)

viernes, 15 de enero de 2010

El Delirio

A Bermúdez lo conocí un verano, cuando yo trabajaba de viajante de comercio. Él regenteaba un hotelito descascarado en El Delirio.
El Delirio era una estación de mala muerte en la que nadie se bajaba y mucho menos en verano. Quedaba a unos setenta kilómetros del mar, que ahora no serían demasiados pero en ese entonces no había ni ómnibus ni trenes que te llevaran a la playa, así que era bastante improbable que alguien eligiera ese lugar para unas vacaciones. Solamente los viajantes como yo o alguno que había huido del pueblo y volvía para enterrar a algún pariente. El pueblo y la estación de trenes estaban en medio de una especie de desierto. Ya ni me acuerdo como era el verdadero nombre del lugar, todos lo llamaban así, El Delirio”, porque alguna vez alguien había pegado sobre el verdadero nombre de la estación un cartel, que durante mucho tiempo permaneció allí, amarronado y seco, y que anunciaba:
" Este Carnaval: Delirio Tropical- 8 Grandes Bailes 8 en el club Social".
No sé por qué nadie lo había arrancado, si era por no ofender al que lo escribió en verso o porque nadie había querido salir del habitual letargo para sacar el cartel, que terminó de consumirse barrido por las lluvias.
Yo era uno de los pocos viajantes que se alojaban ese verano en el hotel de Bermúdez, y ya me había hecho la costumbre de sentarme todas las tardes en una especie de hall que hacia las veces de conserjería y bar al mismo tiempo. En un costado había un mostrador curvo que se usaba como barra. Estaba cubierto por un hule verde y el frente era de cañas. Había también dos o tres bancos altos y dos sillones de mimbre. Me sentaba en uno de los sillones y miraba pasar a los pocos que entraban o salían a esa hora. Bermúdez se situaba detrás de la barra como esperando que alguno se acercara a tomar algo.
Una de esas tardes, una de las últimas de mi estadía de ese verano, escuché la voz de Bermúdez que me decía:
“¿Se toma una copita, don?”
Yo lo miré y titubeé un poco, antes de contestar. Entonces se rió y me dijo:
“Oiga que lo invito yo, don…”
No había nada que hacer, yo no tenía ganas de conversar, y me daba la impresión de que era eso lo que el tipo quería. Pero igual me acerqué a la barra mientras le decía:
“Bueno, me tomaría un vermucito”.
Me senté en uno de los taburetes y apoyé los pies sobre la barra de metal que rodeaba el mostrador. Estaba muy incómodo, pero me la aguanté.
Después de algunos sorbos y como el tipo me miraba se me ocurrió preguntarle:
“¿ Hace mucho que tiene este hotel ?”
“Vea, en realidad, yo aquí entré como empleado”
“¡Ah!, que bien “. Dije yo y esperé que siguiera hablando o se callara.
Pero no siguió hablando esa vez, solo hizo algún comentario acerca del verano sofocante y luego se puso a servir a un cliente que se retiraba del hotel y quería la cuenta. Yo aproveché para escabullirme hacia mi habitación después de apurar el vermú y saludarlo con la mano.
En mis siguientes viajes a El Delirio, tuve oportunidad de charlar
varias veces con Bermúdez, al principio él me preguntaba que quería tomar, pero a medida que la confianza crecía, él me servía lo mismo que estaba tomando. Debo aclarar que la confianza crecía por parte de él pero no de mi parte, ya que me incomodaba bastante esa exigencia. Pero el hotel era el único del pueblo y no había otro remedio que aceptar. Pronto comencé a comprender que, según lo que servía en el vaso variaba el tema o sus ganas de conversación. Y que cuando lo que servía era una copita de anís, la charla iba de confidencias. Me contaba cosas de su infancia, pasada en algún otro pueblo de la zona, recuerdos y anécdotas sin importancia, que yo escuchaba en silencio y sin opinar. Pero un día me preguntó, así, de improviso:
“¿Usted que pensaría de mí, si supiera que he matado a alguno?”.
Yo me quedé mirándolo un poco cortado y pensé que estaba borracho. Le contesté algo como para salir del paso y suspiré de alivio porque en ese momento sonó el teléfono.
Después de esa vez yo tenía un poco de reticencia para volver a “El Delirio” y al hotel de Bermúdez, no sabía si el tipo era solo raro o un poco loco y tampoco me quedaba claro porqué me había tomado a mí de punto, habiendo otros viajantes que pasaban por allí.
Pero un día tuve que volver y me preparé para aguantar la charla de Bermúdez.
Y él alguna tarde me llamó y mientras me servía la copita de anís puso la acostumbrada expresión de confidencia y empezó a contarme una historia que se fué alargando y que me tuvo intrigado durante varias días, ya que cada tarde Bermúdez agregaba algo más a su relato y siempre acompañándo sus palabras con anís.
“Yo vine a este pueblo para robar”, me dijo mirándome fijo.
Parece ser que hacia muchos años, el había llegado con otros tipos. Era una banda que se dedicaba a viajar en tren, se bajaban en cualquier estación sobre todo los días del año en los cuales la gente estaba distraída, Navidad, Año Nuevo o Carnaval y elegían generalmente una casa de ricos donde la gente no estaba porque había ido a festejar a otro lado.
“Con los perros nos arreglábamos, siempre llevábamos algo para engañarlos y hacerlos dormir”.
Cuando llegaron al pueblo, no encontraron ninguna casa de ricos. Bermúdez me lo dijo riéndose bajito:
“Se veía que aquí eran todos de medio pelo. El único lugar un poco mejor era este hotel.”
Llegaron en un tren de los que iban a la Capital y se bajaron allí porque en la estación no había nadie. Era la noche del martes de Carnaval. Se habían cubierto las caras con pañuelos negros y al pasar por la plaza donde se estaba haciendo el desfile de disfraces, nadie advirtió a esos cuatro hombres que parecían disfrazados.
“Solo una nenita se fijó en nosotros , ¿sabe?”
Una niña que miraba el desfile escondida detrás de un banco donde estaba una pareja sentada, los miró con cara de susto y cuando pasaron a su lado salió corriendo hacia los brazos de la mujer, mientras le decía “mamá mirá que feas estas mascaritas.”
Y cuando entraron al hotel pensaron que iba a ser un golpe fácil porque la dueña era una mujer y estaba sola.
“O esa noche no había huéspedes o se habían ido todos al baile o al Corso”.
Bermúdez se quedó pensando un ratito y después continuó:
“Pero ella se resistió y a uno de los tipos que estaba conmigo se le fue la mano y sacó el cuchillo. La tajeó bastante feo .Nunca llevábamos armas de fuego para no hacer ruido, sabe”.
Al ver a la mujer herida en el piso, los socios de Bermúdez decidieron irse sin haber podido encontrar mucha plata, porque en la caja no había casi nada y porque no tenían tiempo de buscar en otro lado.
Él se fue con ellos, pero cuando estaban subiendo al tren, Bermúdez se tiró para atrás y volvió al hotel. No me pudo explicar porque lo hizo o yo no lo entendí. Se quedó junto a la mujer, que estaba inconsciente y había buscado cosas para curarla después de hacerla reaccionar. También había logrado que ella le dijera donde estaba su habitación y la llevó allí.
“La acosté en su cama. La lavé y la vendé. No podía llamar a un médico porque si no me hubiera delatado.”
La casa de la mujer era un anexo al hotel y él se quedó allí, con ella, mientras iba mejorando poco a poco.
“Lo que usted estará pensando es que hacía yo todo ese tiempo.”
La mujer se dio cuenta de que estaba en sus manos a pesar de que él no tenía intenciones de hacerle nada. Así que aceptó que Bermúdez se quedara en la casa y convinieron que él estaría en la conserjería al otro día explicando que era un nuevo empleado.
Las tareas de Bermúdez serían las mismas de la mujer que atendía el hotel prácticamente ella desde la muerte del marido: servir el desayuno, las copas por las tardes, hacer las cuentas y cobrar a los huéspedes. Por la mañana venía una mucama que limpiaba y acomodaba las piezas.
Y al otro día del robo , esa mujer no se sorprendió cuando él le dijo que era nuevo y que la señora había salido de viaje por unos días. Cuando la mucama terminaba su turno él iba de a ratos a la casita de atrás para atender a la dueña y darle de comer.
“Usted pensará que yo la tenía prisionera, pero no es así”.
Yo sospechaba que lo que me quería contar Bermúdez era otra cosa, algo que no conseguía entender. Si no a que venía que la primera vez me hubiera hecho aquella pregunta.
Pero lo dejaba seguir, intrigado por saber el final de la historia.
La mujer casi se había repuesto totalmente pero aún tenía algunos vendajes, así que un día tuvo que decirle a la empleada que la señora había regresado y que la noche anterior se había cortado con un vidrio, para lo cual él había tenido que romper uno de los ventanales del comedor para que la cosa fuera verosímil.
Cuando Bermúdez me hablaba de la dueña del hotel su tono de voz se suavizaba, y volvía a llenar su copita . Yo apenas tomaba un sorbo de la mía, porque detesto el anís, pero no me animaba a pedirle que me sirviera otra cosa. Ya estaba enganchado con la historia. Pero no me atrevía a hacerle preguntas, lo dejaba hablar. Lo que notaba es que él nunca decía el nombre de ella, siempre que la mencionaba decía” la patrona”.
Parece que la patrona se había enamorado de él, o eso me insinuaba Bermúdez cuando me decía:
“Yo me daba cuenta que ella se estaba encariñando conmigo, sabe, pero yo la respetaba, era buena, y tan linda, don, que yo no tenía derecho.”
A mí me parecía que él no creía tener derecho a esa mujer que era tan hermosa según las palabras de Bermúdez, pero se veía que el también tenía su metejón. Pero nunca se lo pregunté directamente, prefería escuchar y hacerme la idea yo solo, era como ver una película, uno no sabe lo que viene después pero se va metiendo y a veces es como uno cree y otras veces te salen con algo que vos ni te lo te imaginabas.
Había noches en las que Bermúdez no quería charlar, entonces yo me daba cuenta porque no me invitaba y se quedaba leyendo el diario de la tarde, como si no me hubiera visto. Entonces yo me iba a dar un paseo por la calle principal, o prefería acostarme temprano, aunque muchas veces estuve tentado de empezar yo la conversación, pero me contenía porque temía quedarme sin el final.
La última noche, la noche en que por fin pude saber como terminó la historia, Bermúdez parecía otro, su piel morena parecía haberse blanqueado de golpe, y sus ojos tenían un brillo diferente.
“Vea don, yo tengo que contarle todo hasta el final, porque esto ya me está matando”
Yo no le quise decir que a mi también me estaba matando esa intriga, pero lo escuché sin hablar. Y así supe que, luego de un tiempo, Bermúdez se animó a aceptar el amor de la patrona, y un día ella le dijo que quería casarse. Y empezaron a preparar el casamiento, pero él a partir de ese día comenzó a temer que los tipos de la banda volvieran a buscarlo. Había leído que dos de ellos, habían sido encarcelados, y cada vez que leía eso también lo asaltaba el temor de que alguno diera su nombre y lo viniera a buscar la policía. Pero había uno que estaba suelto, justo aquél que había sacado el cuchillo la noche de Carnaval.
Entonces decidió salir a buscarlo, pero no tuvo tiempo, una noche, también de Carnaval el tipo se presentó en el hotel y lo amenazó a él y a la patrona. Pero Bermúdez estaba preparado y lo mató. Pudo deshacerse bastante fácil del tipo, porque lo llevó en una camioneta y tiró el cuerpo en las vías del tren a la madrugada.
Yo estaba, lo confieso, un poco desilusionado, no sé bien porqué, será porque al fin de cuentas el final ese era previsible, si Bermúdez quería quedar libre lo más lógico era que quisiera hacer desaparecer a sus antiguos socios.
Yo ya estaba por despedirme de Bermúdez para ir a dormir. Al otro día me tenía que levantar temprano para ir a tomar el primer tren, cuando escuché la voz de él que me decía:
“Pero cuando yo le dije don, que había matado a alguno, no hablaba de ese tipo. Esa muerte para mí no tuvo importancia. Yo tenía que hacerlo para salvarme. Lo que no me deja vivir es otra muerte”
“A qué muerte se refiere, entonces usted mató a todos los otros?
“No, don, yo tuve que matarla a ella, a mi patrona. Porque nosotros llegamos a casarnos, ¿sabe?, pero me duró poco porque parece que eso no era para mí, se ve que yo no merecía tanto”
Y el final me lo contó Bermúdez con una voz bajita y cansada. Me contó como la mató a ella, a
“ su patrona”, con las mismas pastillas calmantes que el médico le había dado a la mujer, que un día había enfermado y padecía de dolores atroces.
“Pero la maté por piedad, don, porque el médico decía que le quedaba poco tiempo y ella sufría tanto. Yo no pude soportarlo.”
No me atreví a mucho, solo a darle un golpecito en la mano que sostenía la copita de anís y a decirle algo así como:
“No se preocupe hombre, usted hizo lo que le pareció mejor”
Pero me fui sintiéndome un imbécil porque quien sabe lo que él esperaba de mí.
Cuando llegué a la Capital lo primero que hice es pedir que no me mandaran más a ese pueblo. No sabía como enfrentar a Bermúdez y no tenía ganas de escuchar más historias.
Hace tiempo volví al pueblo, que estaba muy cambiado. Yo volví en coche porque ya no había trenes. Usted sabe que la línea del sur está anulada. El hotel estaba cambiado y lo atendía un matrimonio. No me atrevía a preguntar y tampoco pasé por la estación abandonada para ver si quedaba algún resto del cartel.

Maria Marta Guzzetti (2003)

jueves, 14 de enero de 2010

La calle de las jaulas


La calle de las jaulas

Estaba sentado en la escalinata del Duomo entre toda esa multitud maloliente. Intentaba mantener cerrada la nariz, pero el olor a orina, sudor y suciedad que despedían las ropas y los cuerpos me resultaba insoportable. La gente estaba ansiosa y expectante. Y yo no entendía muy bien porque había terminado sentado entre ellos. Tampoco tenía claro que era lo que esperaban.

Esa mañana, cuando la guía de turismo nos había mostrado la ciudad, no me había interesado demasiado por ese lugar que, según dijo, era el centro de la pequeña ciudad medieval; pero luego del almuerzo mientras el resto del grupo, casi toda gente mayor que yo, había decidido reposar, salí del hotel y comencé a caminar distraídamente hasta llegar nuevamente al mismo punto. Se veía tan diferente y al principio no me di cuenta del porqué hasta que reparé en todos esos personajes vestidos o mejor dicho disfrazados con trajes pintorescos pero bastante harapientos y sucios, que iban llegando hasta tomar sus lugares en los escalones. Lo primero que pensé fue “es un grupo de actores que está por filmar una película”. Pero lo que no me parecía normal era el olor que llevaban encima todos ellos. Luego me dije: “pero todavía no se ha inventado el cine con olor”.
Entonces recordé que la guía también había dicho que durante la primavera y el verano se realizaban fiestas que rememoraban el Medioevo o el Renacimiento en todas las ciudades de esa región y que la gente se vestía con los trajes de la época realizando desfiles y competiciones. Pensé que de verdad eran muy fieles al pasado ya que habían cuidado todos los detalles. Las pocas mujeres que había vestían trajes de telas rústicas que semejaban túnicas y sobre la cabeza llevaban una especie de turbante con forma redonda, algunos de ellos terminados en una larga tela que les colgaba sobre la espalda. Los hombres con calzones hasta la rodilla y una túnica corta encima, también de telas ordinarias que semejaban arpillera. Casi todos, hombres y mujeres, iban descalzos o con unas sandalias muy rudimentarias que ataban alrededor del tobillo.
Pero no dejaba de intrigarme el por qué habrían querido copiar hasta el olor y la suciedad.
Di una mirada alrededor para poder, de paso, distraer mi mente hacia algo que no fuera ese olor. El Duomo daba a una plaza bastante amplia, en el medio había una fuente y delante del mismo se alzaba un edificio de aire majestuoso: el Palacio de los Priores. La guía nos había mencionado el nombre de cada uno de los edificios que rodeaban la plaza, pero yo me acordaba sólo de ese nombre porque me había llamado la atención. La fachada de mármol gris y algunas figuras de hierro que la decoraban, entre ellas un grifo de garras amenazantes, le daban un aspecto inquietante. También recordaba que ella nos había mostrado unos anillos que pendían del techo de una especie de galería, al costado del palacio y había contado algo acerca de unas jaulas, pero yo no había escuchado la explicación, ya que esa mañana estaba deseando terminar el paseo y descansar un rato, sentado en alguno de los bares que había visto en la calle principal a la cual llamaban el Corso. Vi que ahora de esos anillos colgaban tres jaulas, y en cada una de ellas se acurrucaba un hombre harapiento. Todos ellos parecían estar muriéndose de inanición. Volví a pensar que era todo muy realista y lamenté no haber escuchado la explicación de la guía porque tal vez ella habría hablado acerca de cual era la fiesta de ese día. Como si hubiera escuchado mi pensamiento, un hombre que estaba a mi lado se me acercó aún más hasta que su cara quedó casi pegada a la mía y riéndose a carcajadas, me mostró una boca desdentada que olía ajo mientras gritaba:
—Questa è la festa della Morte!
Murmuré algo indescifrable hasta para mí mismo y me alejé para escapar del tipo y para ir a ver más de cerca a los hombres que estaban dentro de las jaulas. Esa Fiesta de la Muerte me intrigaba cada vez más.
Pero yo seguía pensando que había algo en todo eso que no parecía ficción, y enseguida me di cuenta de que uno de los hombres estaba realmente muerto. Sentí que la cabeza me daba vueltas y pensé “lo único que me falta ahora, desmayarme, y en medio de esta gente”, pero la multitud que había ido creciendo no me dio tiempo, me obligó a caminar empujado por esa marea humana y así fue que terminé sentado en uno de los escalones. Y era imposible moverse hacia otro lado.
Todos parecían indiferentes al hombre muerto y a los otros dos pobres tipos que también estaban muriéndose en las otras dos jaulas. Porque lo que llamaba más la atención de gran parte de la multitud era un balcón de otro de los palacios que estaba en la parte opuesta de la plaza. Casi todos miraban hacia allí y pensé que estarían esperando que alguien se asomase a él. El resto de la gente miraba hacia el lado opuesto de la plaza, hacia detrás del Palacio de los Priores. Allí desembocaba una callejuela de aspecto sucio y también maloliente y que se llamaba la “via delle gabbie”. La calle de las jaulas. Poco tiempo después para alivio de mis nervios pero no de mi nariz, la multitud se agitó, con gran revuelo de túnicas y vestidos sudorosos. Alguien se asomaba al balcón. Era un obispo o algo parecido, yo no sé nada acerca de las categorías dentro de la Iglesia, pero que era un personaje importante era evidente. Con su mano en alto dibujó una cruz en el aire y se sentó.
Un ruido de tambores y gran cantidad de gritos me hicieron saber que lo que la gente en realidad esperaba, había comenzado. Las miradas se dirigían a la calle de las jaulas. Y de allí venia precisamente una jaula enorme. Era arrastrada por varios hombres cubiertos con harapos y me pareció que podía sentir desde lejos el olor de esas vestimentas.
Dentro de la jaula había un hombre cubierto apenas con una especie de taparrabos. No era invierno pero un viento bastante frío comenzaba a soplar. Y el pobre tipo dentro de la jaula se acurrucó como para lograr un poco de calor.
De nuevo empecé a sentirme mal y a preguntarme qué estaba haciendo yo allí y qué estaba esperando para irme, ya que si el espectáculo iba a ser como ya lo estaba imaginando no iba a poder contener mis ganas de vomitar y el dolor que comenzaba a apoderarse de mis intestinos me decía que muy pronto debería encontrar también un baño. El problema era no sólo donde iba a encontrarlo, sino como iba a lograr salir de entre medio de todos esos cuerpos que cada vez eran mayor cantidad. Al principio el lugar que yo había ocupado en la escalinata era un espacio que me permitía mantener cierta distancia entre los vecinos de ambos lados, pero sin darme cuenta había terminado casi aplastado entre dos hombres que vociferaban y sacudían sus brazos haciendo que sus sobacos se acercaran peligrosamente a mi nariz.
Los tambores dejaron de sonar. La jaula ya había llegado frente al balcón y el obispo o lo que fuera estaba escuchando a un hombre vestido con un traje un poco menos sucio que los del resto que leía algo escrito en un bando o pergamino. Yo no comprendía nada de lo que estaba diciendo así que me quedé expectante para tratar de entender por lo que veía. El preso fue sacado de la jaula y aunque al principio él se resistía agarrándose a los barrotes con desesperación, los hombres que lo habían arrastrado tiraron de él y lo golpearon con palos hasta lograr sacarlo. Su cuerpo comenzaba a sangrar en varias partes. Cuando lo sacaron de la jaula fue llevado a una tarima de madera que yo no había visto antes. Era una especie de tablado que estaba rematado con un palo alto y de éste pendía una soga.
Un hombre tapado con una capucha esperó a que el enjaulado fuera colocado en la tarima, lo sostuvieron entre varios y él, el verdugo, colocó la soga alrededor del cuello del pobre hombre. La multitud comenzó a gritar, aplaudir, y casi todos se alzaban de sus puestos por lo que no pude ver en que momento el tipo terminó colgado de la soga. Imaginé que tendría la lengua afuera y una expresión de terror en su cara, pero yo estaba demasiado lejos para comprobarlo.
Sentí una ondada de náusea invadir mi garganta, entonces me incliné y sin quererlo vomité sobre las piernas de uno de los concurrentes. Por suerte él estaba tan ocupado en saltar y aplaudir que no se dio cuenta. Me preocupaba el pensar en como podría haber reaccionado si lo hacía. De lo que estaba seguro era que, una vez seco, mi vómito sobre aquellas ropas pasaría casi inadvertido.
Me sentí aliviado y ya no tenía deseos de ir a buscar un baño, pero decidí que era mejor alejarme de allí, aunque no sabía cómo podría lograrlo.
En algún momento alguien bajó la jaula con el hombre muerto y el cuerpo fue retirado de la misma, lo colocaron en un carro y también pusieron en él al recién ahorcado. El carro, que era el mismo que había traído al condenado a la horca, se fue por donde vino: la calle de las jaulas.
Yo empecé a empujar a la gente con desesperación pero sin mucha insistencia por temor a que alguno me golpease o algo peor y comencé a buscar un modo de salir de la plaza. No tardé en darme cuenta de que la única vía de salida era la calle de las jaulas. El resto estaba completamente cubierto por la multitud.
Me encaminé hacia allí siempre empujando y avanzando lentamente, hasta que llegué al inicio de la callejuela. Estaba prácticamente desierta, ya que el hombre que llevaba a los dos muertos ya se estaba alejando con el carro, pero en el medio de la calle quedaba todavía una gran jaula que en un primer momento me pareció vacía, pero al acercarme pude ver que en ella, de rodillas, se hallaba una chica muy linda, que lloraba y parecía rezar con voz casi inaudible.
Estaba vestida con un traje largo y de apariencia lujosa, hecho con un género que parecía terciopelo. Aunque también estaba algo sucio, no me producía el rechazo del resto de las vestimentas de la gente que había visto hasta ese momento. Ni tampoco la chica emanaba olores desagradables, pero sí un perfume muy fuerte a flores o a algún tipo de hierbas.
Me acerqué y me quedé mirándola unos segundos y luego casi sin pensar, en un impulso, intenté abrir la puerta de la jaula, y para mi sorpresa ésta se abrió. Pregunté, más para mí que para ella, porque estaba seguro de que no me entendería:
— ¿Porqué no te escapabas, si podías hacerlo?
Para mi sorpresa ella me respondió en castellano, pero era un castellano que a mí me sonó algo extraño:
—Oh, señor no sabéis a lo que os exponéis. No es posible huir de este castigo.
—No sé por qué si la jaula estaba abierta, a mi no pueden hacerme nada.
—Huíd, señor, huíd, cuando el verdugo regrese os castigará a vos también.
-—Hablas un castellano raro, ¿donde lo aprendiste?
—Soy española, señor y en malhadada hora he venido a vivir a esta ciudad donde encontré mi ruina.
La conversación era muy entretenida pero si realmente corríamos peligro de que el tipo que había llevado a los muertos regresase, me pareció mejor tratar de ir para otro lado. Así se lo dije a la muchacha y tomándola de la mano comencé a correr hacia una calle que se abría transversalmente. Comenzaba a oscurecer así que era mucho más fácil pasar inadvertidos. Eso pensé, pero en el mismo momento que ese pensamiento tomaba forma también comprendí que tal cual estaba yo vestido no podía pasar inadvertido, y además, no llegaba a entender como nadie se había dado cuenta de que mis jeans y mis zapatillas no estaban en absoluto de acuerdo con las ropas que parecían estar de moda en ese lugar. Yo ya comenzaba a descartar la idea de que todo lo que había visto era parte de una festividad conmemorativa para dudar entre dos posibilidades: o estaba viviendo un sueño muy real o bien había retrocedido en el tiempo sin darme cuenta y lo peor sin entender de qué manera y en qué momento. Recordé entonces que me había llamado la atención al salir del hotel no encontrar a nadie caminando por la calle y tampoco recordaba haber escuchado sonidos hasta llegar a la plaza. Me dije que tal vez debía haber prestado más atención a lo que veía. Pero dejé de hacer conjeturas y seguí corriendo y arrastrando conmigo a la muchacha que al principio se resistía pero que luego comenzó a correr al ritmo que le permitía su complicado vestido. Ella se lo levantaba todo lo que le era posible y pude ver que debajo asomaban unas piernas preciosas y aunque ella las cubría con unas medias que no eran precisamente transparentes ni sensuales, me sentía atraído hacia la chica, que aparentaba tener poco más de veinte años.
Traté de recordar el camino que había hecho la guía, y seguí corriendo a través de las callejuelas que eran muy estrechas y oscuras y que tenían nombres pintorescos como “vicolo del dado”, o “vicolo del fumo”. En un momento estuve tentado de arrinconarla contra una pared y besarla, pero enseguida me arrepentí. Aún no sabía que era lo que estaba pasando y no me pareció que valía la pena arriesgarme aunque ella era de verdad muy bonita, su piel parecía naturalmente bronceada y sus ojos y cabellos eran de un castaño muy claro.
Tenía mucha curiosidad por saber que era lo que habría hecho para merecer que la pusieran en una de esas jaulas. Pero no tenía muchas ganas de preguntárselo. Temía enterarme de alguna historia demasiado truculenta y quería terminar mi viaje de la mejor manera. Aunque una parte de mí dudaba que esto fuera posible. Temía no poder encontrar el modo de llegar al hotel y poder continuar el viaje al día siguiente como estaba programado.
Finalmente, luego de dar vueltas por varias callejuelas, algunas sin salida, por lo que debíamos volver hacia atrás a cada rato, me pareció que habíamos llegado a la calle del hotel y efectivamente allí estaba el cartel que decía algo así como “Albergue de la Fortuna”. Pero el frente del edificio estaba un poco cambiado, no parecía el mismo que yo había dejado hacia pocas horas. Entré igual, siempre llevando de la mano a la chica, que me seguía como una autómata y sin hablar. Como en el mostrador no vi a nadie, me acerqué al panel donde colgaban las llaves y busqué la mía. Encontré el número de mi habitación en una de ellas, pero noté que tampoco era el mismo llavero de bronce que yo había entregado a la mañana, pero lo tomé igual y subí la escalera junto a la muchacha que me seguía, siempre sin hablar.
Al entrar en el cuarto vi que estaba también bastante cambiado y me di cuenta de que los muebles y adornos tampoco parecían pertenecer a la época de la chica que yo había salvado ni a la mía. Abrí el armario y dentro encontré ropas de mujer en lugar de mis ropas. Lo que había me recordó a los trajes de una película de los años veinte, pero me parecieron perfectas para que ella pudiera ocultarse. Le expliqué que si se cambiaba sería más difícil que alguien la reconociera, en el caso de la estuvieran buscando y ella sin responderme comenzó a mirar los vestidos colgados, para terminar eligiendo una falda negra y una blusa de color crema. Yo estaba dudando sin saber si debía salir del cuarto o darme vuelta para que se vistiera, cuando vi que en un segundo ella se había sacado todas las ropas y estaba desnuda en medio de la habitación. Y era aún más bella de lo que había imaginado.
No tuve tiempo de reaccionar, porque la chica con la misma rapidez con que se había desnudado se vistió y me dijo:
—Ahora debo irme.
Su voz había cambiado y toda ella parecía diferente ya no tenía el aspecto de gatito asustado que yo había visto dentro de la jaula.
— ¿No te quedarías un rato más?— le dije sin demasiada convicción porque aunque me sentía atraído no llegaba a excitarme. No creía poder detenerme más tiempo en esa habitación que ahora parecía pertenecer a otra persona.
No me contestó pero noté que enrojecía mientras bajaba la cabeza. Sin embargo no me pareció que fuera de vergüenza. Mientras tanto ella seguía mirando en el guardarropa, eligió un par de zapatos y se los puso.
Salimos del cuarto y bajamos por la escalera, pero ella ya no me tomaba de la mano.
Al pasar por la conserjería me pareció que había alguien detrás del mostrador pero no me detuve, salí rápidamente y también aproveché para volver a tomarla de la mano, que era muy pequeña y suave. Ella la retiró enseguida.
Al llegar al Corso vi que la gente que caminaba por allí, algunas parejas tomadas del brazo o personas solas que lo hacían lentamente, iban vestidas mas o menos como la chica, así que me quedé tranquilo, había logrado que escapara. Me di cuenta de que aún no me había dicho su nombre. Entonces se lo pregunté y ella me dijo:
—Ana. Y gracias por salvarme la vida.
— Eso espero— le respondí y también le expliqué que tenía que irme pero me pareció que ella no se preocupaba demasiado. Eso me tranquilizó. Yo ya me estaba cansando de esa historia y quería volver al hotel, a la normalidad.
Cuando ya me alejaba, escuché su voz de nuevo:
—Tú tampoco me has dicho como te llamas.
—Es cierto, perdona, me llamo Juan. Y adiós, Ana.
Me alejé con pasos rápidos, no quería arrepentirme ni pensar porque me habría hablado con tanta confianza luego de haberme tratado tan ceremoniosamente hacía poco rato. Además ya era casi la hora de cenar, tenía bastante hambre y temía que mis compañeros no me esperaran.
Cuando estaba llegando, encontré a un grupo de ellos que también regresaban al hotel,uno me preguntó:
— ¿Dónde anduviste? Nosotros dimos una vuelta por ahí, pero volvimos enseguida ¿Has visto que aburrida es esta ciudad?
Me reí. Y me di cuenta de que ellos no entendían porque me reía. No valía la pena contestar. Solamente les dije que me esperaran directamente en un restaurante que quedaba a pocos metros del hotel. Necesitaba una buena ducha y un cambio de ropas.
Una vez en mi cuarto pensé en Ana y mientras el agua corría tibia sobre mi piel, me pareció que el olor del jabón del hotel olía exactamente como ella. Con ese perfume a flores o hierbas. Pero alejé el pensamiento. Necesitaba relajarme y no pensar más en lo que había pasado.
Me terminé de duchar y vestir y me dirigí al restaurante.

Un rato después, mientras comíamos, uno de mis compañeros me dijo:
—Juan, me parece que hiciste una conquista. En la mesa que está junto a la ventana hay una chica que te mira con mucha insistencia.
Creo que no necesitaba mirar hacía allí para saberlo, pero lo hice.
Ana me sonreía desde la mesa de al lado.