martes, 22 de abril de 2008

La foto

La foto

La niña de este cuento nació hace muchos años en un lugar llamado Alsur.

Ella fué la primera de cuatro hermanos y también la primera de los doce nietos de su Abuelangel. Cuando nació todos exclamaron muy contentos ¡es una niña!, ¡es una niña!. Airama, que así se llamaba creció muy contenta de ser una mujer. Pero en esas tierras había una costumbre muy particular. Al llegar a los siete años todos los niños de Alsur debían sacarse una fotografía con una máquina de fotos, la única en todo el lugar que alguien había traído de una tierra Del Nord. Se decía que esa foto tenía el poder de reflejar el destino futuro del niño o niña, pero para que ello sucediese cada uno de ellos debía elegir una vestimenta adecuada para la ocasión y fotografiarse con ella.. También se pensaba que esa ropa y todo otro elemento que el niño eligiera para fotografiarse con él ayudaría a reflejar lo que los niños serían al volverse adultos.

Airama pasó muchos días pensando y luego buscando lo que quería vestir para la foto.

En general las niñas elegían elegantes vestidos de dama o de princesa y se fotografiaban sirviendo el té con bellísimas teteras de porcelana o colocando flores hermosas en floreros

de alabastro, para poder así cumplir su destino deseado. Que era también el de toda su familia.

Cuando llegó su día, Airama le dijo a Jorgel, su padre: “ya estoy lista puedes ir a llamar

al fotógrafo.” El se fue muy contento imaginando lo bella que estaría su hija en la foto de

su destino.

Jorgel llegó con el fotógrafo - un hombre muy anciano que ya estaba deseando pasar el oficio a algún otro pues los niños y sobre todo las niñas eran muy caprichosas y nunca estaban conformes con el ángulo por él elegido o pasaban varias horas acomodando los pliegues de sus complicados vestidos - y golpeó la puerta del dormitorio de su hija:

- Toc, toc. “¿ Podemos entrar Airama, querida?

- “Si, papá estoy lista”.

Cuando entró al cuarto. Jorgel se quedó boquiabierto y sus ojos no entendían lo que estaban viendo:

-“ Pe, pero hija, ¿de qué te has vestido ? Pareces un Almirante. Y ese enorme mapa detrás …¿y porqué estás escribiendo en tantos cuadernos.?”.

- “Es que… papá, yo quiero que mi destino sea viajar por el mundo y escribir acerca de todo lo que vea en ese mundo”

Jorgel, que amaba a su hija y además se había equivocado al elegir su propia vestimenta para la foto, y nunca pudo saber si era por eso que no se había animado a mostrar sus poesías ni a viajar por tierras lejanas: dijo:

- “Estás preciosa hijita”, por favor, señor, proceda a tomar la foto de mi hija que será viajera y escritora. Y tú Airama cuando el señor te lo diga mira bien la cámara.

- Airama no se movió para nada y cuando el fotógrafo le hizo la señal ella miró de frente y expresó su deseo mentalmente tal cual le había dicho su madre.

Cuando Sixtam, la madre de Airama vió la foto , no sabía si reír o llorar, tampoco Abuelangel entendía muy bien porqué su primera nieta no era como las nietas de sus amigas, pero ambas se conformaron cuando Jorgel les dijo:

-“Solo debemos desear que ella sea feliz” .

Y pasaron los años y murió Abuelangel, y también Sixtam. Ellas no llegaron a ver el futuro

de Airama. Pero un día Jorgel tuvo que despedir a su hija que se iba a vivir a una tierra Del Nord llevándose también a sus dos nietos . Ya hacia tiempo que en Alsur se había roto la máquina de fotos y la costumbre se había perdido, así que era difícil adivinar cual sería el destino de esos niños. Jorgel escondió una lágrima y una sonrisa. Y se sentó a esperar que se cumpliera el destino de Airama..

Y Airama sigue viajando por el mundo, y escribiendo en cuadernos lo que ve en ese mundo. Jorgel ya no está en este mundo, pero ella de vez en cuando mira hacia una estrella, la primera visible al atardecer y dice con voz muy bajita:

“Muchas gracias, Jorgel, muchas gracias”.

Jorge

Creí que lo había perdido, pero hoy lo volví a encontrar en la misma ciudad donde lo conocí hace muchos años.

Aquel día yo tenía algunas horas de vida y él, Jorge, mi padre, aún no había cumplido los treinta. Como no recuerdo nada de ese primer encuentro, quiero imaginar que lo primero que hice al conocerlo fue aferrarme a ese mismo dedo índice con el cual, años más tarde el me mostraría las estrellas. Pienso eso porque dicen que los recién nacidos no pueden ver, así que entonces no habré visto sus anteojos ni sus cejas espesas ni tampoco su sonrisa. Pero es casi seguro que habré escuchado su voz, esa con la cual me hablaba de planetas lejanos y me cantaba canciones que hablaban de farolitos chinos y de morenas que pisaban capotes. Yo no entendí por mucho tiempo que ese "pisa morena" con el que él comenzaba la canción se refería a al acto de pisar, yo me imaginaba siempre una pizza morena, hasta que un día me animé a preguntarle al terminar la canción como era esa "pizza morena con carbón" y él comenzó a reír y me dijo que era "pisa morena con garbo" y me explicó la letra. No entendí que era ese garbo y porque esa mujer morena tenia que pisar el capote y tampoco que cosa era un torero. Porque la ciudad donde conocí a Jorge era Buenos Aires y en ella no existen las corridas de toros.

Como decía, hasta hace un rato creí que lo había perdido. Yo estaba muy lejos cuando el se fue y no pude despedirme, por eso tenia dentro esa sensación tan fea de haberlo perdido y no poder decirle ya tantas cosas, sin poder abrazarlo una vez mas.

Pero esta tarde, caminando por la vereda del Jardín Botánico, me di cuenta de que Jorge caminaba a mi lado. Y se reía, estoy segura de que Jorge se reía, porque por una vez yo había elegido el Botánico y no el Zoológico para pasear, por que cuando, tantas veces, hace años él me preguntaba resignado “¿adonde vamos al Botánico o al Zoológico?” sabía de antemano que yo elegiría los animales y no las plantas. Pero él, antes de irnos a tomar el colectivo que nos llevaría de regreso a casa, siempre me hacia dar una pequeña vuelta por el Botánico con la excusa de mostrarme alguna planta de nombre raro que yo no sabía que era tan raro porque estaba escrito en latín y tampoco sabía yo que cosa era ese latín salvo que se parecía tanto a eso que el cura hablaba en la misa de los domingos. De esos mismos domingos que luego terminaban en el Zoológico o en alguna plaza.

Hoy no es domingo y yo no pensaba entrar en el Botánico, pero luego de haber sentido que Jorge estaba allí y se reía, entré y mientras caminaba entre las plantas pensé que esta noche me sentaré en alguna plaza bajo las estrellas. Alguien dijo que hay que mirar las estrellas y no el dedo que las señala, pero hoy yo espero volver a ver su dedo índice.


María Marta Guzzetti