A Bermúdez lo conocí un verano, cuando yo trabajaba de viajante de comercio. Él regenteaba un hotelito descascarado en El Delirio.
El Delirio era una estación de mala muerte en la que nadie se bajaba y mucho menos en verano. Quedaba a unos setenta kilómetros del mar, que ahora no serían demasiados pero en ese entonces no había ni ómnibus ni trenes que te llevaran a la playa, así que era bastante improbable que alguien eligiera ese lugar para unas vacaciones. Solamente los viajantes como yo o alguno que había huido del pueblo y volvía para enterrar a algún pariente. El pueblo y la estación de trenes estaban en medio de una especie de desierto. Ya ni me acuerdo como era el verdadero nombre del lugar, todos lo llamaban así, El Delirio”, porque alguna vez alguien había pegado sobre el verdadero nombre de la estación un cartel, que durante mucho tiempo permaneció allí, amarronado y seco, y que anunciaba:
" Este Carnaval: Delirio Tropical- 8 Grandes Bailes 8 en el club Social".
No sé por qué nadie lo había arrancado, si era por no ofender al que lo escribió en verso o porque nadie había querido salir del habitual letargo para sacar el cartel, que terminó de consumirse barrido por las lluvias.
Yo era uno de los pocos viajantes que se alojaban ese verano en el hotel de Bermúdez, y ya me había hecho la costumbre de sentarme todas las tardes en una especie de hall que hacia las veces de conserjería y bar al mismo tiempo. En un costado había un mostrador curvo que se usaba como barra. Estaba cubierto por un hule verde y el frente era de cañas. Había también dos o tres bancos altos y dos sillones de mimbre. Me sentaba en uno de los sillones y miraba pasar a los pocos que entraban o salían a esa hora. Bermúdez se situaba detrás de la barra como esperando que alguno se acercara a tomar algo.
Una de esas tardes, una de las últimas de mi estadía de ese verano, escuché la voz de Bermúdez que me decía:
“¿Se toma una copita, don?”
Yo lo miré y titubeé un poco, antes de contestar. Entonces se rió y me dijo:
“Oiga que lo invito yo, don…”
No había nada que hacer, yo no tenía ganas de conversar, y me daba la impresión de que era eso lo que el tipo quería. Pero igual me acerqué a la barra mientras le decía:
“Bueno, me tomaría un vermucito”.
Me senté en uno de los taburetes y apoyé los pies sobre la barra de metal que rodeaba el mostrador. Estaba muy incómodo, pero me la aguanté.
Después de algunos sorbos y como el tipo me miraba se me ocurrió preguntarle:
“¿ Hace mucho que tiene este hotel ?”
“Vea, en realidad, yo aquí entré como empleado”
“¡Ah!, que bien “. Dije yo y esperé que siguiera hablando o se callara.
Pero no siguió hablando esa vez, solo hizo algún comentario acerca del verano sofocante y luego se puso a servir a un cliente que se retiraba del hotel y quería la cuenta. Yo aproveché para escabullirme hacia mi habitación después de apurar el vermú y saludarlo con la mano.
En mis siguientes viajes a El Delirio, tuve oportunidad de charlar
varias veces con Bermúdez, al principio él me preguntaba que quería tomar, pero a medida que la confianza crecía, él me servía lo mismo que estaba tomando. Debo aclarar que la confianza crecía por parte de él pero no de mi parte, ya que me incomodaba bastante esa exigencia. Pero el hotel era el único del pueblo y no había otro remedio que aceptar. Pronto comencé a comprender que, según lo que servía en el vaso variaba el tema o sus ganas de conversación. Y que cuando lo que servía era una copita de anís, la charla iba de confidencias. Me contaba cosas de su infancia, pasada en algún otro pueblo de la zona, recuerdos y anécdotas sin importancia, que yo escuchaba en silencio y sin opinar. Pero un día me preguntó, así, de improviso:
“¿Usted que pensaría de mí, si supiera que he matado a alguno?”.
Yo me quedé mirándolo un poco cortado y pensé que estaba borracho. Le contesté algo como para salir del paso y suspiré de alivio porque en ese momento sonó el teléfono.
Después de esa vez yo tenía un poco de reticencia para volver a “El Delirio” y al hotel de Bermúdez, no sabía si el tipo era solo raro o un poco loco y tampoco me quedaba claro porqué me había tomado a mí de punto, habiendo otros viajantes que pasaban por allí.
Pero un día tuve que volver y me preparé para aguantar la charla de Bermúdez.
Y él alguna tarde me llamó y mientras me servía la copita de anís puso la acostumbrada expresión de confidencia y empezó a contarme una historia que se fué alargando y que me tuvo intrigado durante varias días, ya que cada tarde Bermúdez agregaba algo más a su relato y siempre acompañándo sus palabras con anís.
“Yo vine a este pueblo para robar”, me dijo mirándome fijo.
Parece ser que hacia muchos años, el había llegado con otros tipos. Era una banda que se dedicaba a viajar en tren, se bajaban en cualquier estación sobre todo los días del año en los cuales la gente estaba distraída, Navidad, Año Nuevo o Carnaval y elegían generalmente una casa de ricos donde la gente no estaba porque había ido a festejar a otro lado.
“Con los perros nos arreglábamos, siempre llevábamos algo para engañarlos y hacerlos dormir”.
Cuando llegaron al pueblo, no encontraron ninguna casa de ricos. Bermúdez me lo dijo riéndose bajito:
“Se veía que aquí eran todos de medio pelo. El único lugar un poco mejor era este hotel.”
Llegaron en un tren de los que iban a la Capital y se bajaron allí porque en la estación no había nadie. Era la noche del martes de Carnaval. Se habían cubierto las caras con pañuelos negros y al pasar por la plaza donde se estaba haciendo el desfile de disfraces, nadie advirtió a esos cuatro hombres que parecían disfrazados.
“Solo una nenita se fijó en nosotros , ¿sabe?”
Una niña que miraba el desfile escondida detrás de un banco donde estaba una pareja sentada, los miró con cara de susto y cuando pasaron a su lado salió corriendo hacia los brazos de la mujer, mientras le decía “mamá mirá que feas estas mascaritas.”
Y cuando entraron al hotel pensaron que iba a ser un golpe fácil porque la dueña era una mujer y estaba sola.
“O esa noche no había huéspedes o se habían ido todos al baile o al Corso”.
Bermúdez se quedó pensando un ratito y después continuó:
“Pero ella se resistió y a uno de los tipos que estaba conmigo se le fue la mano y sacó el cuchillo. La tajeó bastante feo .Nunca llevábamos armas de fuego para no hacer ruido, sabe”.
Al ver a la mujer herida en el piso, los socios de Bermúdez decidieron irse sin haber podido encontrar mucha plata, porque en la caja no había casi nada y porque no tenían tiempo de buscar en otro lado.
Él se fue con ellos, pero cuando estaban subiendo al tren, Bermúdez se tiró para atrás y volvió al hotel. No me pudo explicar porque lo hizo o yo no lo entendí. Se quedó junto a la mujer, que estaba inconsciente y había buscado cosas para curarla después de hacerla reaccionar. También había logrado que ella le dijera donde estaba su habitación y la llevó allí.
“La acosté en su cama. La lavé y la vendé. No podía llamar a un médico porque si no me hubiera delatado.”
La casa de la mujer era un anexo al hotel y él se quedó allí, con ella, mientras iba mejorando poco a poco.
“Lo que usted estará pensando es que hacía yo todo ese tiempo.”
La mujer se dio cuenta de que estaba en sus manos a pesar de que él no tenía intenciones de hacerle nada. Así que aceptó que Bermúdez se quedara en la casa y convinieron que él estaría en la conserjería al otro día explicando que era un nuevo empleado.
Las tareas de Bermúdez serían las mismas de la mujer que atendía el hotel prácticamente ella desde la muerte del marido: servir el desayuno, las copas por las tardes, hacer las cuentas y cobrar a los huéspedes. Por la mañana venía una mucama que limpiaba y acomodaba las piezas.
Y al otro día del robo , esa mujer no se sorprendió cuando él le dijo que era nuevo y que la señora había salido de viaje por unos días. Cuando la mucama terminaba su turno él iba de a ratos a la casita de atrás para atender a la dueña y darle de comer.
“Usted pensará que yo la tenía prisionera, pero no es así”.
Yo sospechaba que lo que me quería contar Bermúdez era otra cosa, algo que no conseguía entender. Si no a que venía que la primera vez me hubiera hecho aquella pregunta.
Pero lo dejaba seguir, intrigado por saber el final de la historia.
La mujer casi se había repuesto totalmente pero aún tenía algunos vendajes, así que un día tuvo que decirle a la empleada que la señora había regresado y que la noche anterior se había cortado con un vidrio, para lo cual él había tenido que romper uno de los ventanales del comedor para que la cosa fuera verosímil.
Cuando Bermúdez me hablaba de la dueña del hotel su tono de voz se suavizaba, y volvía a llenar su copita . Yo apenas tomaba un sorbo de la mía, porque detesto el anís, pero no me animaba a pedirle que me sirviera otra cosa. Ya estaba enganchado con la historia. Pero no me atrevía a hacerle preguntas, lo dejaba hablar. Lo que notaba es que él nunca decía el nombre de ella, siempre que la mencionaba decía” la patrona”.
Parece que la patrona se había enamorado de él, o eso me insinuaba Bermúdez cuando me decía:
“Yo me daba cuenta que ella se estaba encariñando conmigo, sabe, pero yo la respetaba, era buena, y tan linda, don, que yo no tenía derecho.”
A mí me parecía que él no creía tener derecho a esa mujer que era tan hermosa según las palabras de Bermúdez, pero se veía que el también tenía su metejón. Pero nunca se lo pregunté directamente, prefería escuchar y hacerme la idea yo solo, era como ver una película, uno no sabe lo que viene después pero se va metiendo y a veces es como uno cree y otras veces te salen con algo que vos ni te lo te imaginabas.
Había noches en las que Bermúdez no quería charlar, entonces yo me daba cuenta porque no me invitaba y se quedaba leyendo el diario de la tarde, como si no me hubiera visto. Entonces yo me iba a dar un paseo por la calle principal, o prefería acostarme temprano, aunque muchas veces estuve tentado de empezar yo la conversación, pero me contenía porque temía quedarme sin el final.
La última noche, la noche en que por fin pude saber como terminó la historia, Bermúdez parecía otro, su piel morena parecía haberse blanqueado de golpe, y sus ojos tenían un brillo diferente.
“Vea don, yo tengo que contarle todo hasta el final, porque esto ya me está matando”
Yo no le quise decir que a mi también me estaba matando esa intriga, pero lo escuché sin hablar. Y así supe que, luego de un tiempo, Bermúdez se animó a aceptar el amor de la patrona, y un día ella le dijo que quería casarse. Y empezaron a preparar el casamiento, pero él a partir de ese día comenzó a temer que los tipos de la banda volvieran a buscarlo. Había leído que dos de ellos, habían sido encarcelados, y cada vez que leía eso también lo asaltaba el temor de que alguno diera su nombre y lo viniera a buscar la policía. Pero había uno que estaba suelto, justo aquél que había sacado el cuchillo la noche de Carnaval.
Entonces decidió salir a buscarlo, pero no tuvo tiempo, una noche, también de Carnaval el tipo se presentó en el hotel y lo amenazó a él y a la patrona. Pero Bermúdez estaba preparado y lo mató. Pudo deshacerse bastante fácil del tipo, porque lo llevó en una camioneta y tiró el cuerpo en las vías del tren a la madrugada.
Yo estaba, lo confieso, un poco desilusionado, no sé bien porqué, será porque al fin de cuentas el final ese era previsible, si Bermúdez quería quedar libre lo más lógico era que quisiera hacer desaparecer a sus antiguos socios.
Yo ya estaba por despedirme de Bermúdez para ir a dormir. Al otro día me tenía que levantar temprano para ir a tomar el primer tren, cuando escuché la voz de él que me decía:
“Pero cuando yo le dije don, que había matado a alguno, no hablaba de ese tipo. Esa muerte para mí no tuvo importancia. Yo tenía que hacerlo para salvarme. Lo que no me deja vivir es otra muerte”
“A qué muerte se refiere, entonces usted mató a todos los otros?
“No, don, yo tuve que matarla a ella, a mi patrona. Porque nosotros llegamos a casarnos, ¿sabe?, pero me duró poco porque parece que eso no era para mí, se ve que yo no merecía tanto”
Y el final me lo contó Bermúdez con una voz bajita y cansada. Me contó como la mató a ella, a
“ su patrona”, con las mismas pastillas calmantes que el médico le había dado a la mujer, que un día había enfermado y padecía de dolores atroces.
“Pero la maté por piedad, don, porque el médico decía que le quedaba poco tiempo y ella sufría tanto. Yo no pude soportarlo.”
No me atreví a mucho, solo a darle un golpecito en la mano que sostenía la copita de anís y a decirle algo así como:
“No se preocupe hombre, usted hizo lo que le pareció mejor”
Pero me fui sintiéndome un imbécil porque quien sabe lo que él esperaba de mí.
Cuando llegué a la Capital lo primero que hice es pedir que no me mandaran más a ese pueblo. No sabía como enfrentar a Bermúdez y no tenía ganas de escuchar más historias.
Hace tiempo volví al pueblo, que estaba muy cambiado. Yo volví en coche porque ya no había trenes. Usted sabe que la línea del sur está anulada. El hotel estaba cambiado y lo atendía un matrimonio. No me atrevía a preguntar y tampoco pasé por la estación abandonada para ver si quedaba algún resto del cartel.
Maria Marta Guzzetti (2003)
viernes, 15 de enero de 2010
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