
La calle de las jaulas
Estaba sentado en la escalinata del Duomo entre toda esa multitud maloliente. Intentaba mantener cerrada la nariz, pero el olor a orina, sudor y suciedad que despedían las ropas y los cuerpos me resultaba insoportable. La gente estaba ansiosa y expectante. Y yo no entendía muy bien porque había terminado sentado entre ellos. Tampoco tenía claro que era lo que esperaban.
Esa mañana, cuando la guía de turismo nos había mostrado la ciudad, no me había interesado demasiado por ese lugar que, según dijo, era el centro de la pequeña ciudad medieval; pero luego del almuerzo mientras el resto del grupo, casi toda gente mayor que yo, había decidido reposar, salí del hotel y comencé a caminar distraídamente hasta llegar nuevamente al mismo punto. Se veía tan diferente y al principio no me di cuenta del porqué hasta que reparé en todos esos personajes vestidos o mejor dicho disfrazados con trajes pintorescos pero bastante harapientos y sucios, que iban llegando hasta tomar sus lugares en los escalones. Lo primero que pensé fue “es un grupo de actores que está por filmar una película”. Pero lo que no me parecía normal era el olor que llevaban encima todos ellos. Luego me dije: “pero todavía no se ha inventado el cine con olor”.
Entonces recordé que la guía también había dicho que durante la primavera y el verano se realizaban fiestas que rememoraban el Medioevo o el Renacimiento en todas las ciudades de esa región y que la gente se vestía con los trajes de la época realizando desfiles y competiciones. Pensé que de verdad eran muy fieles al pasado ya que habían cuidado todos los detalles. Las pocas mujeres que había vestían trajes de telas rústicas que semejaban túnicas y sobre la cabeza llevaban una especie de turbante con forma redonda, algunos de ellos terminados en una larga tela que les colgaba sobre la espalda. Los hombres con calzones hasta la rodilla y una túnica corta encima, también de telas ordinarias que semejaban arpillera. Casi todos, hombres y mujeres, iban descalzos o con unas sandalias muy rudimentarias que ataban alrededor del tobillo.
Pero no dejaba de intrigarme el por qué habrían querido copiar hasta el olor y la suciedad.
Di una mirada alrededor para poder, de paso, distraer mi mente hacia algo que no fuera ese olor. El Duomo daba a una plaza bastante amplia, en el medio había una fuente y delante del mismo se alzaba un edificio de aire majestuoso: el Palacio de los Priores. La guía nos había mencionado el nombre de cada uno de los edificios que rodeaban la plaza, pero yo me acordaba sólo de ese nombre porque me había llamado la atención. La fachada de mármol gris y algunas figuras de hierro que la decoraban, entre ellas un grifo de garras amenazantes, le daban un aspecto inquietante. También recordaba que ella nos había mostrado unos anillos que pendían del techo de una especie de galería, al costado del palacio y había contado algo acerca de unas jaulas, pero yo no había escuchado la explicación, ya que esa mañana estaba deseando terminar el paseo y descansar un rato, sentado en alguno de los bares que había visto en la calle principal a la cual llamaban el Corso. Vi que ahora de esos anillos colgaban tres jaulas, y en cada una de ellas se acurrucaba un hombre harapiento. Todos ellos parecían estar muriéndose de inanición. Volví a pensar que era todo muy realista y lamenté no haber escuchado la explicación de la guía porque tal vez ella habría hablado acerca de cual era la fiesta de ese día. Como si hubiera escuchado mi pensamiento, un hombre que estaba a mi lado se me acercó aún más hasta que su cara quedó casi pegada a la mía y riéndose a carcajadas, me mostró una boca desdentada que olía ajo mientras gritaba:
—Questa è la festa della Morte!
Murmuré algo indescifrable hasta para mí mismo y me alejé para escapar del tipo y para ir a ver más de cerca a los hombres que estaban dentro de las jaulas. Esa Fiesta de la Muerte me intrigaba cada vez más.
Pero yo seguía pensando que había algo en todo eso que no parecía ficción, y enseguida me di cuenta de que uno de los hombres estaba realmente muerto. Sentí que la cabeza me daba vueltas y pensé “lo único que me falta ahora, desmayarme, y en medio de esta gente”, pero la multitud que había ido creciendo no me dio tiempo, me obligó a caminar empujado por esa marea humana y así fue que terminé sentado en uno de los escalones. Y era imposible moverse hacia otro lado.
Todos parecían indiferentes al hombre muerto y a los otros dos pobres tipos que también estaban muriéndose en las otras dos jaulas. Porque lo que llamaba más la atención de gran parte de la multitud era un balcón de otro de los palacios que estaba en la parte opuesta de la plaza. Casi todos miraban hacia allí y pensé que estarían esperando que alguien se asomase a él. El resto de la gente miraba hacia el lado opuesto de la plaza, hacia detrás del Palacio de los Priores. Allí desembocaba una callejuela de aspecto sucio y también maloliente y que se llamaba la “via delle gabbie”. La calle de las jaulas. Poco tiempo después para alivio de mis nervios pero no de mi nariz, la multitud se agitó, con gran revuelo de túnicas y vestidos sudorosos. Alguien se asomaba al balcón. Era un obispo o algo parecido, yo no sé nada acerca de las categorías dentro de la Iglesia, pero que era un personaje importante era evidente. Con su mano en alto dibujó una cruz en el aire y se sentó.
Un ruido de tambores y gran cantidad de gritos me hicieron saber que lo que la gente en realidad esperaba, había comenzado. Las miradas se dirigían a la calle de las jaulas. Y de allí venia precisamente una jaula enorme. Era arrastrada por varios hombres cubiertos con harapos y me pareció que podía sentir desde lejos el olor de esas vestimentas.
Dentro de la jaula había un hombre cubierto apenas con una especie de taparrabos. No era invierno pero un viento bastante frío comenzaba a soplar. Y el pobre tipo dentro de la jaula se acurrucó como para lograr un poco de calor.
De nuevo empecé a sentirme mal y a preguntarme qué estaba haciendo yo allí y qué estaba esperando para irme, ya que si el espectáculo iba a ser como ya lo estaba imaginando no iba a poder contener mis ganas de vomitar y el dolor que comenzaba a apoderarse de mis intestinos me decía que muy pronto debería encontrar también un baño. El problema era no sólo donde iba a encontrarlo, sino como iba a lograr salir de entre medio de todos esos cuerpos que cada vez eran mayor cantidad. Al principio el lugar que yo había ocupado en la escalinata era un espacio que me permitía mantener cierta distancia entre los vecinos de ambos lados, pero sin darme cuenta había terminado casi aplastado entre dos hombres que vociferaban y sacudían sus brazos haciendo que sus sobacos se acercaran peligrosamente a mi nariz.
Los tambores dejaron de sonar. La jaula ya había llegado frente al balcón y el obispo o lo que fuera estaba escuchando a un hombre vestido con un traje un poco menos sucio que los del resto que leía algo escrito en un bando o pergamino. Yo no comprendía nada de lo que estaba diciendo así que me quedé expectante para tratar de entender por lo que veía. El preso fue sacado de la jaula y aunque al principio él se resistía agarrándose a los barrotes con desesperación, los hombres que lo habían arrastrado tiraron de él y lo golpearon con palos hasta lograr sacarlo. Su cuerpo comenzaba a sangrar en varias partes. Cuando lo sacaron de la jaula fue llevado a una tarima de madera que yo no había visto antes. Era una especie de tablado que estaba rematado con un palo alto y de éste pendía una soga.
Un hombre tapado con una capucha esperó a que el enjaulado fuera colocado en la tarima, lo sostuvieron entre varios y él, el verdugo, colocó la soga alrededor del cuello del pobre hombre. La multitud comenzó a gritar, aplaudir, y casi todos se alzaban de sus puestos por lo que no pude ver en que momento el tipo terminó colgado de la soga. Imaginé que tendría la lengua afuera y una expresión de terror en su cara, pero yo estaba demasiado lejos para comprobarlo.
Sentí una ondada de náusea invadir mi garganta, entonces me incliné y sin quererlo vomité sobre las piernas de uno de los concurrentes. Por suerte él estaba tan ocupado en saltar y aplaudir que no se dio cuenta. Me preocupaba el pensar en como podría haber reaccionado si lo hacía. De lo que estaba seguro era que, una vez seco, mi vómito sobre aquellas ropas pasaría casi inadvertido.
Me sentí aliviado y ya no tenía deseos de ir a buscar un baño, pero decidí que era mejor alejarme de allí, aunque no sabía cómo podría lograrlo.
En algún momento alguien bajó la jaula con el hombre muerto y el cuerpo fue retirado de la misma, lo colocaron en un carro y también pusieron en él al recién ahorcado. El carro, que era el mismo que había traído al condenado a la horca, se fue por donde vino: la calle de las jaulas.
Yo empecé a empujar a la gente con desesperación pero sin mucha insistencia por temor a que alguno me golpease o algo peor y comencé a buscar un modo de salir de la plaza. No tardé en darme cuenta de que la única vía de salida era la calle de las jaulas. El resto estaba completamente cubierto por la multitud.
Me encaminé hacia allí siempre empujando y avanzando lentamente, hasta que llegué al inicio de la callejuela. Estaba prácticamente desierta, ya que el hombre que llevaba a los dos muertos ya se estaba alejando con el carro, pero en el medio de la calle quedaba todavía una gran jaula que en un primer momento me pareció vacía, pero al acercarme pude ver que en ella, de rodillas, se hallaba una chica muy linda, que lloraba y parecía rezar con voz casi inaudible.
Estaba vestida con un traje largo y de apariencia lujosa, hecho con un género que parecía terciopelo. Aunque también estaba algo sucio, no me producía el rechazo del resto de las vestimentas de la gente que había visto hasta ese momento. Ni tampoco la chica emanaba olores desagradables, pero sí un perfume muy fuerte a flores o a algún tipo de hierbas.
Me acerqué y me quedé mirándola unos segundos y luego casi sin pensar, en un impulso, intenté abrir la puerta de la jaula, y para mi sorpresa ésta se abrió. Pregunté, más para mí que para ella, porque estaba seguro de que no me entendería:
— ¿Porqué no te escapabas, si podías hacerlo?
Para mi sorpresa ella me respondió en castellano, pero era un castellano que a mí me sonó algo extraño:
—Oh, señor no sabéis a lo que os exponéis. No es posible huir de este castigo.
—No sé por qué si la jaula estaba abierta, a mi no pueden hacerme nada.
—Huíd, señor, huíd, cuando el verdugo regrese os castigará a vos también.
-—Hablas un castellano raro, ¿donde lo aprendiste?
—Soy española, señor y en malhadada hora he venido a vivir a esta ciudad donde encontré mi ruina.
La conversación era muy entretenida pero si realmente corríamos peligro de que el tipo que había llevado a los muertos regresase, me pareció mejor tratar de ir para otro lado. Así se lo dije a la muchacha y tomándola de la mano comencé a correr hacia una calle que se abría transversalmente. Comenzaba a oscurecer así que era mucho más fácil pasar inadvertidos. Eso pensé, pero en el mismo momento que ese pensamiento tomaba forma también comprendí que tal cual estaba yo vestido no podía pasar inadvertido, y además, no llegaba a entender como nadie se había dado cuenta de que mis jeans y mis zapatillas no estaban en absoluto de acuerdo con las ropas que parecían estar de moda en ese lugar. Yo ya comenzaba a descartar la idea de que todo lo que había visto era parte de una festividad conmemorativa para dudar entre dos posibilidades: o estaba viviendo un sueño muy real o bien había retrocedido en el tiempo sin darme cuenta y lo peor sin entender de qué manera y en qué momento. Recordé entonces que me había llamado la atención al salir del hotel no encontrar a nadie caminando por la calle y tampoco recordaba haber escuchado sonidos hasta llegar a la plaza. Me dije que tal vez debía haber prestado más atención a lo que veía. Pero dejé de hacer conjeturas y seguí corriendo y arrastrando conmigo a la muchacha que al principio se resistía pero que luego comenzó a correr al ritmo que le permitía su complicado vestido. Ella se lo levantaba todo lo que le era posible y pude ver que debajo asomaban unas piernas preciosas y aunque ella las cubría con unas medias que no eran precisamente transparentes ni sensuales, me sentía atraído hacia la chica, que aparentaba tener poco más de veinte años.
Traté de recordar el camino que había hecho la guía, y seguí corriendo a través de las callejuelas que eran muy estrechas y oscuras y que tenían nombres pintorescos como “vicolo del dado”, o “vicolo del fumo”. En un momento estuve tentado de arrinconarla contra una pared y besarla, pero enseguida me arrepentí. Aún no sabía que era lo que estaba pasando y no me pareció que valía la pena arriesgarme aunque ella era de verdad muy bonita, su piel parecía naturalmente bronceada y sus ojos y cabellos eran de un castaño muy claro.
Tenía mucha curiosidad por saber que era lo que habría hecho para merecer que la pusieran en una de esas jaulas. Pero no tenía muchas ganas de preguntárselo. Temía enterarme de alguna historia demasiado truculenta y quería terminar mi viaje de la mejor manera. Aunque una parte de mí dudaba que esto fuera posible. Temía no poder encontrar el modo de llegar al hotel y poder continuar el viaje al día siguiente como estaba programado.
Finalmente, luego de dar vueltas por varias callejuelas, algunas sin salida, por lo que debíamos volver hacia atrás a cada rato, me pareció que habíamos llegado a la calle del hotel y efectivamente allí estaba el cartel que decía algo así como “Albergue de la Fortuna”. Pero el frente del edificio estaba un poco cambiado, no parecía el mismo que yo había dejado hacia pocas horas. Entré igual, siempre llevando de la mano a la chica, que me seguía como una autómata y sin hablar. Como en el mostrador no vi a nadie, me acerqué al panel donde colgaban las llaves y busqué la mía. Encontré el número de mi habitación en una de ellas, pero noté que tampoco era el mismo llavero de bronce que yo había entregado a la mañana, pero lo tomé igual y subí la escalera junto a la muchacha que me seguía, siempre sin hablar.
Al entrar en el cuarto vi que estaba también bastante cambiado y me di cuenta de que los muebles y adornos tampoco parecían pertenecer a la época de la chica que yo había salvado ni a la mía. Abrí el armario y dentro encontré ropas de mujer en lugar de mis ropas. Lo que había me recordó a los trajes de una película de los años veinte, pero me parecieron perfectas para que ella pudiera ocultarse. Le expliqué que si se cambiaba sería más difícil que alguien la reconociera, en el caso de la estuvieran buscando y ella sin responderme comenzó a mirar los vestidos colgados, para terminar eligiendo una falda negra y una blusa de color crema. Yo estaba dudando sin saber si debía salir del cuarto o darme vuelta para que se vistiera, cuando vi que en un segundo ella se había sacado todas las ropas y estaba desnuda en medio de la habitación. Y era aún más bella de lo que había imaginado.
No tuve tiempo de reaccionar, porque la chica con la misma rapidez con que se había desnudado se vistió y me dijo:
—Ahora debo irme.
Su voz había cambiado y toda ella parecía diferente ya no tenía el aspecto de gatito asustado que yo había visto dentro de la jaula.
— ¿No te quedarías un rato más?— le dije sin demasiada convicción porque aunque me sentía atraído no llegaba a excitarme. No creía poder detenerme más tiempo en esa habitación que ahora parecía pertenecer a otra persona.
No me contestó pero noté que enrojecía mientras bajaba la cabeza. Sin embargo no me pareció que fuera de vergüenza. Mientras tanto ella seguía mirando en el guardarropa, eligió un par de zapatos y se los puso.
Salimos del cuarto y bajamos por la escalera, pero ella ya no me tomaba de la mano.
Al pasar por la conserjería me pareció que había alguien detrás del mostrador pero no me detuve, salí rápidamente y también aproveché para volver a tomarla de la mano, que era muy pequeña y suave. Ella la retiró enseguida.
Al llegar al Corso vi que la gente que caminaba por allí, algunas parejas tomadas del brazo o personas solas que lo hacían lentamente, iban vestidas mas o menos como la chica, así que me quedé tranquilo, había logrado que escapara. Me di cuenta de que aún no me había dicho su nombre. Entonces se lo pregunté y ella me dijo:
—Ana. Y gracias por salvarme la vida.
— Eso espero— le respondí y también le expliqué que tenía que irme pero me pareció que ella no se preocupaba demasiado. Eso me tranquilizó. Yo ya me estaba cansando de esa historia y quería volver al hotel, a la normalidad.
Cuando ya me alejaba, escuché su voz de nuevo:
—Tú tampoco me has dicho como te llamas.
—Es cierto, perdona, me llamo Juan. Y adiós, Ana.
Me alejé con pasos rápidos, no quería arrepentirme ni pensar porque me habría hablado con tanta confianza luego de haberme tratado tan ceremoniosamente hacía poco rato. Además ya era casi la hora de cenar, tenía bastante hambre y temía que mis compañeros no me esperaran.
Cuando estaba llegando, encontré a un grupo de ellos que también regresaban al hotel,uno me preguntó:
— ¿Dónde anduviste? Nosotros dimos una vuelta por ahí, pero volvimos enseguida ¿Has visto que aburrida es esta ciudad?
Me reí. Y me di cuenta de que ellos no entendían porque me reía. No valía la pena contestar. Solamente les dije que me esperaran directamente en un restaurante que quedaba a pocos metros del hotel. Necesitaba una buena ducha y un cambio de ropas.
Una vez en mi cuarto pensé en Ana y mientras el agua corría tibia sobre mi piel, me pareció que el olor del jabón del hotel olía exactamente como ella. Con ese perfume a flores o hierbas. Pero alejé el pensamiento. Necesitaba relajarme y no pensar más en lo que había pasado.
Me terminé de duchar y vestir y me dirigí al restaurante.
Un rato después, mientras comíamos, uno de mis compañeros me dijo:
—Juan, me parece que hiciste una conquista. En la mesa que está junto a la ventana hay una chica que te mira con mucha insistencia.
Creo que no necesitaba mirar hacía allí para saberlo, pero lo hice.
Ana me sonreía desde la mesa de al lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario